Examen compuesto por el Padre Guérard des Lauriers [1], y firmado por los CC Ottaviani [2] [3] y Bacci
Carta Introductoria a Pablo VI, de los Cardenales Alfredo Ottaviani y Antonio Bacci.
Roma 25 septiembre 1969.
Santidad,
Después de haber examinado y hecho examinar el nuevo Ordo Missæ preparado por los expertos de la Comisión para la aplicación de la Constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia, y después de haber reflexionado y rezado durante largo tiempo, sentimos la obligación ante Dios y ante Vuestra Santidad de expresar las siguientes consideraciones:
1. Como suficientemente prueba el Examen Crítico anexo, por muy breve que sea, obra de un grupo selecto de teólogos, liturgistas y pastores de almas, el nuevo Ordo Missæ –si se consideran los elementos nuevos susceptibles de apreciaciones muy diversas, que aparecen en él sobreentendidas o implícitas– se aleja de modo impresionante, tanto en conjunto como en detalle, de la teología católica de la Santa Misa tal como fue formulada por la 20ª sesión del Concilio de Trento que, al fijar definitivamente los «cánones» del rito, levantó una barrera infranqueable contra toda herejía que pudiera atentar a la integridad del Misterio.
2. Las razones pastorales atribuidas para justificar una ruptura tan grave, aunque pudieran tener valor ante las razones doctrinales, no parecen suficientes. En el nuevo Ordo Missæ aparecen tantas novedades y, a su vez, tantas cosas eternas se ven relegadas a un lugar inferior o distinto –si es que siguen ocupando alguno– que podría reforzarse o cambiarse en certeza la duda que por desgracia se insinúa en muchos ámbitos según el cual las verdades que siempre ha creído el pueblo cristiano podrían cambiar o silenciarse sin que esto suponga infidelidad al depósito sagrado de la doctrina, al cual está vinculado para siempre la fe católica. Las recientes reformas han demostrado suficientemente que los nuevos cambios en la liturgia no podrán realizarse sin desembocar en un completo desconcierto de los fieles, que ya manifiestan que les resultan insoportables y que disminuyen incontestablemente su fe. En la mejor parte del clero esto se manifiesta por una crisis de conciencia torturante, de la que tenemos testimonios innumerables y diarios.
3. Estamos seguros de que estas consideraciones, directamente inspiradas en lo que escuchamos por la voz vibrante de los pastores y del rebaño, deberán encontrar un eco en el corazón paterno de Vuestra Santidad, siempre tan profundamente preocupado por las necesidades espirituales de los hijos de la Iglesia. Los súbditos, para cuyo bien se hace la ley, siempre tienen derecho y, más que derecho, deber –en el caso en que la ley se revele nociva– de pedir con filial confianza su abrogación al legislador.
Por ese motivo suplicamos instantemente a Vuestra Santidad que no permita, –en un momento en que la pureza de la fe y la unidad de la Iglesia sufren tan crueles laceraciones y peligros cada vez mayores, que encuentran cada día un eco afligido en las palabras del Padre común–, que no se nos suprima la posibilidad de seguir recurriendo al íntegro y fecundo Misal Romano de San Pío V, tan alabado por Vuestra Santidad y tan profundamente venerado y amado por el mundo católico entero.
Alfredo Cardenal Ottaviani.
Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
Antonio Cardenal Bacci.
BREVE EXAMEN CRÍTICO
DEL NOVUS ORDO MISSÆ
Al celebrarse en Roma en el mes de octubre de
1967 el Sínodo Episcopal se le pidió a la misma asamblea de Padres un
juicio sobre la así llamada “Misa normativa”, a saber, de esa Misa que
había sido excogitada por el Consilium ad exsequendam Constitutionem de
Sacra Liturgia. Pero el esbozo de semejante Misa suscitó perplejidades
entre los Padres convocados al Sínodo, de modo tal que, de los 187
sufragios 43 la rechazaron abiertamente, 62 no la aprobaron sino juxta modum (con
reservas). Tampoco se debe pasar por alto el hecho de que la prensa y
los diarios internacionales anunciaron que aquélla nueva forma de la
Misa había sido rechazada por el Sínodo. En cambio, las publicaciones de
los innovadores prefirieron pasar en silencio el asunto. No obstante,
una revista bastante conocida destinada a los obispos y que divulga las
opiniones de éstos describió el nuevo rito sintéticamente con las
siguientes palabras: «Aquí se ordena hacer tabla rasa de toda la
teología de la Misa. En pocas palabras, se acerca a esa teología de los
protestantes, que ya abolió y destruyó totalmente el Sacrificio de la
Misa.»
Pues bien, en el Novus Ordo Missae, recientemente publicado por la Constitución Apostólica Missale Romanum,
se encuentra desgraciadamente casi la misma “Misa normativa”. Tampoco
consta que las Conferencias Episcopales, difundidas por todo el mundo,
hayan sido entre tanto interrogadas, al menos en cuanto tales.
Efectivamente,
en la Constitución Apostólica se afirma que el antiguo Misal promulgado
por San Pío V el día 13 de julio del año 1570 (pero que en gran parte
debe ser atribuido a San Gregorio Magno, y más aún, se deriva de los
primitivos orígenes
de la religión cristiana) en los últimos cuatro siglos fue para los
sacerdotes de rito latino la norma para celebrar el Sacrificio; y no es
sorprendente si en tal y tan grande Misal en todas partes del mundo
«innumerables y además santísimos varones alimentaron con gran
copiosidad la piedad de sus almas para con Dios, sacando de él ya sus
lecturas de las Sagradas Escrituras, ya sus oraciones.» Así leemos en
el Novus Ordo;
y, sin embargo, esta nueva reforma de la Liturgia, que arranca y
extermina de raíz aquel Misal de San Pío V, es considerada necesaria por
el Novus Ordo,
«desde el tiempo en que con más amplitud comenzó a robustecerse y
prevalecer en el pueblo cristiano el afán por fomentar la Liturgia.»
Sin
embargo, con la debida reverencia, sea permitido declarar que en este
asunto hay un grave equívoco; pues si alguna vez se manifestó algún
deseo del pueblo cristiano, esto aconteció –estimulándolo principalmente
el gran San Pío X– cuando
el pueblo mismo comenzó a descubrir los tesoros eternos de su Liturgia.
El pueblo cristiano no pidió nunca una Liturgia cambiada o mutilada
para comprenderla mejor; pidió más bien que se entendiese la Liturgia
inmutable, pero nunca que la misma fuese adulterada.
Además,
el Misal Romano, promulgado por mandato de San Pío V y venerado siempre
religiosamente, fue muy querido para los corazones católicos tanto de
los sacerdotes como de los laicos; de tal manera que nada parece haber
en ese Misal que, previa una oportuna catequesis, pueda inhibir una más
plena participación de los fieles y un conocimiento más profundo de la
sagrada Liturgia; y, por lo tanto, no aparece suficientemente claro por
qué causa se cree que un Misal semejante, refulgente con tan grandes
notas reconocidas además por todos, se haya convertido en un erial tal
que ya no pueda seguir alimentando la piedad litúrgica del pueblo
cristiano.
Sin
embargo, la “Misa normativa”, aunque rechazada ya “sustancialmente” por
el Sínodo de los Obispos, hoy es nuevamente propuesta e impuesta como Novus Ordo Missæ, por más que tal Ordo nunca
haya sido sometido al juicio colegial de las Conferencias Episcopales.
Pero si el pueblo cristiano ha rechazado cualquier reforma de la
Sacrosanta Misa (y esto mucho más en tierras de misiones), no vemos por
qué causa se imponga esta nueva ley, que, como por lo demás lo reconoce
la misma predicha Constitución, subvierte una tradición inmutable en la
Iglesia ya desde los siglos IV y V.
Por
lo tanto, como esta reforma carece objetivamente de fundamento
racional, no puede ser defendida con razones adecuadas, por las cuales
no sólo se justifique ella misma sino también se torne aceptable para el
pueblo católico.
Es verdad que los Padres del Concilio, en el párrafo 50 de la Constitución Sacrosanctum Concilium decretaron
que las diversas partes de la Misa se ordenaran de tal modo, «que
aparezcan con mayor claridad el sentido propio de cada una de las partes
como también su mutua conexión.» Pero de inmediato veremos cuán poco
el Ordo recientemente promulgado responde a esos deseos, de los cuales apenas parece quedar allí algún recuerdo.
Pues examinando con mayor atención y pesando de nuevo en la balanza cada uno de los elementos del Novus Ordo se
llegará a esa conclusión de que aquí se han añadido o quitado tantas y
tan grandes cosas que con razón se debe aplicar también aquí idéntico
juicio al de la “Missa normativa”. Por consiguiente, no es nada extraño que tanto este Ordo como la “Missa normativa” agraden en muchos puntos a aquellos que entre los mismos protestantes son más “modernistas”.
Comencemos por la definición misma de la Misa, que se propone en el párrafo 7, o sea, al comienzo del segundo capítulo del Novus Ordo “Acerca de la estructura de la Misa”: «La cena del Señor o Misa es la sagrada sinaxis o asamblea del pueblo de Dios reunido en común, bajo la presidencia del sacerdote, para celebrar el memorial del Señor».
Por lo tanto, para la asamblea local de la santa Iglesia vale en grado
eminente la promesa de Cristo: «Donde hay dos o tres reunidos en mi
nombre, allí estoy yo en medio de ellos»” (Mt. 18, 20)
Por
consiguiente, la definición de la Misa se circunscribe a la sola noción
de “cena”; y ello se repite siempre ya cada paso; además, tal “cena”
está constituida por la reunión de los fieles bajo la presidencia del
sacerdote, y consiste en la renovación del memorial del Señor, a saber,
en la conmemoración de lo que el Señor realizó el Jueves Santo. Pero
todo esto ni implica la presencia real, ni la verdad del Sacrificio, ni
la sacramentalidad del sacerdote consagrante, ni el valor intrínseco del
Sacrificio Eucarístico, el cual no depende en absoluto de la presencia
de la asamblea.
En
una palabra, esta “cena” no implica ninguno de aquellos ”valores
dogmáticos” esenciales de la Misa, que constituyen su verdadera
definición. Ahora bien, esta omisión, en cuanto voluntaria, equivale a
la ”superación” de aquellos valores y, por lo tanto, al menos en la
práctica, a su negación.
En
la segunda parte del mismo párrafo (agravando el ya gravísimo equívoco)
se afirma algo asombroso: para esta asamblea vale en grado eminente la
promesa de Cristo: «Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí
estoy yo en medio de ellos.» (Mt. 18, 20) Con esta promesa, que sólo
corresponde a la presencia espiritual de Cristo, se compara y se coloca
en el mismo orden y modo de presencia aunque con mayor fuerza y vigor
aquélla institución que, por el contrario, atañe al orden físico o al
modo sustancial de la presencia sacramental eucarística.
Sigue
inmediatamente en el texto (nº 8) la bipartición de la Misa en Liturgia
de la palabra y Liturgia eucarística, y allí se afirma, sin hacer
ninguna distinción, que en la Misa se prepara la mesa de la palabra de
Dios y la mesa del Cuerpo de Cristo, para que los fieles sean
“instruidos y alimentados”; esta asimilación equivalente de las dos
partes de la Misa, como si estos dos signos tuvieran idéntica
significación simbólica, debe ser declarada absolutamente ilegítima.
Pero sobre esto ya volveremos más tarde.
Por
otra parte, las denominaciones de la Misa son innumerables; las cuales
pueden aceptarse por cierto en sentido relativo; pero todas deben ser
rechazadas si –como de hecho ocurre–
son usadas aisladamente y en sentido absoluto: Acción de Cristo y del
pueblo de Dios, Cena del Señor o Misa, Banquete pascual, Participación
común en la mesa del Señor, Memorial del Señor, Plegaria eucarística,
Liturgia de la palabra y Liturgia eucarística, etc.
Como se evidencia esplendorosamente, en tales definiciones se pone el acento –como con exagerada estudiosidad–
en la Cena y el memorial, pero no en la renovación incruenta del
Sacrificio del Señor realizado en el Monte Calvario. Ni tampoco la
fórmula misma “Memorial de la Pasión y Resurrección del Señor” puede
decirse totalmente correcta; pues la Misa por su propia esencia es el
memorial del único Sacrificio, que es en sí mismo redentor; mientras
que, por el contrario, la Resurrección es el fruto consiguiente a aquél .
Luego veremos cómo y con qué coherencia estos equívocos se introducen y
se repiten en la fórmula misma de la Consagración y, en general, en
todo el Novus Ordo.
III
Vayamos ahora a los fines de la Misa.
1)
FIN ÚLTIMO. El fin último del Sacrificio de la Misa es la alabanza que
debe tributarse a la Santísima Trinidad, según la explícita intención de
Jesucristo en el mismo Misterio de Su Encarnación: «Al entrar al mundo
dice: No quisiste hostia ni ofrenda, en cambio a mí me preparaste un
cuerpo.» (Heb. 10, 5; cfr. Ps. 39, 7-9).
Por cierto, este fin buscado ha desaparecido completamente en el Novus Ordo:
desapareció ciertamente del Ofertorio, pues la plegaria “Recibe, oh
Trinidad Santa” ha sido eliminada; desapareció de la conclusión de la
Misa, ya no se dirá más “Séate agradable,
oh Trinidad Santa”; también fue suprimida del Prefacio, ya que el
Prefacio de la Santísima Trinidad, que hasta ahora se recitaba oportunísimamente todos los domingos, ahora en el Novus Ordo sólo se dirá en la fiesta de la Santísima Trinidad, y por lo tanto solamente una vez al año.
2) FIN ORDINARIO. El fin ordinario del Sacrificio es el propiciatorio. En cambio, en el Novus Ordo,
este fin se aparta de su verdadera senda, pues ya no se pone más el
acento en la remisión de los pecados, sea de los vivos, sea de los
difuntos, sino en la nutrición y santificación de los presentes (nº 54)
Por cierto, Cristo instituyó el Sacramento de la Eucaristía en la última
Cena y se puso a Sí Mismo en estado de víctima para unirnos a Él, a ese
estado victimal;
pero este fin antecede a la misma manducación y tiene un pleno valor
redentor antecedente que se deriva de la inmolación cruenta de Cristo;
de allí que el pueblo asistente a Misa no esté obligado de suyo a
recibir la Comunión Sacramental.
3)
FIN INMANENTE. Cualquiera sea la naturaleza del sacrificio, pertenece a
la esencia de la finalidad de la Misa el que sea agradable a Dios,
aceptable y aceptado por Él. Por lo tanto, en la condición de los
hombres que estaban inficionados por la mancha original, ningún
sacrificio hubiera sido aceptable a Dios; el único sacrificio aceptado
ahora con derecho por Dios es el Sacrificio de Cristo. Por el contrario,
en el Novus Ordo la
naturaleza misma de la oblación es deformada en un mero intercambio de
dones entre Dios y el hombre: el hombre ofrece el pan que Dios transmuta
en “pan de vida”; el hombre lleva el vino que Dios transmuta en “bebida
espiritual”: «Bendito eres, Señor Dios del universo, porque de tu
largueza recibimos el pan (o: el vino) que te ofrecemos, fruto de la
tierra (o: de la vid) y de la obra de las manos de los hombres, del cual
se hará para nosotros el pan de vida (o: la bebida espiritual)».
Superfluo
es advertir cuán totalmente vagas e indefinidas son estas dos fórmulas
“pan de vida” y “bebida espiritual”, que, de por sí, pueden significar
cualquier cosa. Hallamos aquí el mismo equívoco capital que examinamos
en la definición de la Misa: allí Cristo se hace presente entre los
suyos únicamente de un modo espiritual; aquí se dan el pan y el vino,
que son cambiados “espiritualmente” (¡pero no substancialmente!).
Igualmente,
en la preparación de las ofrendas se descubre idéntico juego de
equívocos, pues se suprimen las dos maravillosas plegarias de la antigua
Misa. La oración: «Oh Dios, que admirablemente formaste la dignidad de
la naturaleza humana y que más admirablemente aún la reformaste.»
recordaba a la vez la primitiva condición de inocencia del hombre y su
presente condición de restauración en la que fue redimido por la Sangre
de Cristo. Era, por lo tanto, una verdadera, sabia y rápida
recapitulación de toda la Economía del Sacrificio desde Adán hasta la
historia presente. En la otra plegaria, la oblación propiciatoria del
cáliz para que subiera “con olor de suavidad” a la vista de la Divina
Majestad, cuya clemencia se imploraba repetía con suma sabiduría esta
Economía de la Salvación. Mientras que suprimida esta continua elevación
hacia Dios por medio de la plegaria eucarística no queda ya ninguna
distinción entre sacrificio divino y humano.
Eliminado
el eje cardinal, se inventan vacilantes estructuras; echados a pique
los verdaderos fines de la Misa, se mendigan fines ficticios. De aquí
que aparecen los gestos que en la nueva Misa deberían expresar la unión
entre el sacerdote y los fieles, o entre los mismos fieles; aparecen las
oblaciones por los pobres y por la Iglesia que ocupan el lugar de la
Hostia que debe ser inmolada. Todo esto pronto caerá en el ridículo,
hasta que el sentido primigenio de la oblación de la Única Hostia caiga
poco a poco completamente en el olvido; así también las reuniones que se
hacen para celebrar la inmolación de la Hostia se convertirán en
conventículos de filántropos y en banquetes de beneficencia.
IV
Pasemos a considerar la esencia del Sacrificio.
El
Misterio de la Cruz ya no está expresado explícitamente, sino en forma
algo oscura, con palabras falseadas que no pueden ser percibidas por el
pueblo. Y he aquí por qué causa.
1) SIGNIFICACIÓN DE LA “PLEGARIA EUCARÍSTICA”
El sentido que se atribuye en el Novus Ordo a
la así llamada “Plegaria eucarística” es éste: «Para que toda la
asamblea de los fieles se una con Cristo en la confesión de las
grandezas de Dios y en la oblación del sacrificio.» (nº 54, al final)
Pero uno pregunta: ¿de qué sacrificio se trata? ¿quién es el que ofrece?
A estos interrogantes no se da ninguna respuesta.
La
definición de la “Plegaria Eucarística” dada en la misma Instrucción es
la siguiente: «Ahora se inicia el centro y culmen de toda la
celebración, a saber, la misma Plegaria eucarística, o sea, la plegaria
de acción de gracias y de santificación.» (nº 54) Por consiguiente, se
ponen los efectos en lugar de las causas, de las que nada se dice en el
texto. Nada reemplaza a la mención acerca del fin de la oblación que
antes estaba explícita en la antigua plegaría “Recibe, oh Padre Santo”.
En verdad, el cambio de la formulación revela también un cambio de la doctrina.
2) EL SACRIFICO EUCARÍSTICO Y LA PRESENCIA REAL DE CRISTO
La razón por la cual el Sacrificio no tiene ninguna indicación lo suficientemente explícita en el Novus Ordo está
en que la Presencia Real perdió su lugar verdaderamente central (tan
esplendoroso en la antigua Misa) Sólo se hace una mención –a saber, la
única cita al pie, sacada del Concilio de Trento–
y que se refiere a la Presencia Real en cuanto nutrimento (nº 241, nota
63) Pero no se señala nunca la Presencia Real y Permanente del Cuerpo y
Sangre de Cristo junto con su Alma y Divinidad que se da bajo las
especies luego de la transubstanciación. Más aún, la misma palabra
“Transubstanciación” se ignora totalmente.
Además,
la razón de por qué se suprime la invocación a la Tercera Persona de la
Santísima Trinidad (Ven, Santificador…), por la cual se imploraba al
Espíritu Santo que descendiera sobre las oblatas preparadas para obrar
el milagro de la Presencia Divina, como antes en el seno de la Santísima
Virgen, es objetivamente la misma: vale decir, pertenece al mismo tipo
de silencio y de negación tácita, más aún a la continua cadena de
negaciones sobre la Presencia Real.
Quedan también abolidas:
a)
las genuflexiones, de las que sólo quedan tres por parte del sacerdote y
una por parte del pueblo en el momento de la Consagración (y ésta,
sometida a muchas excepciones);
b) las abluciones de los dedos sobre el Cáliz;
c) la preservación de los mismos dedos de cualquier contacto profano después de la Consagración;
d)
la purificación de los vasos sagrados, que no se manda hacer
necesariamente de inmediato después de la asunción del cáliz, ni sobre
el mismo corporal;
e) la palia, con la cual se protegía la Preciosísima Sangre de Cristo en el Cáliz;
f) el dorado de los Vasos Sagrados;
g) la consagración del altar móvil;
h)
la piedra sagrada y las reliquias en el altar móvil, e incluso sobre la
mesa cada vez que la celebración se realice en lugares no sacros.
Admitida esta excepción, queda abierto el camino para las “cenas
eucarísticas” en casas privadas;
i) los tres manteles del altar, de los cuales ahora sólo se prescribe uno.
k)
la acción de gracias, que debía hacerse de rodillas, y a la que
substituye una torpe acción de gracias del sacerdote y de los fieles
sentados; añádase que la Comunión se recibe irreverentemente por los
fieles de pie;
l)
finalmente, las santas prescripciones antiguas para el caso de la
Hostia consagrada caída en tierra, que se reducen mezquinamente a sólo
esto: «tómese reverentemente la Hostia» (nº 239)
Todas
estas cosas juntas, con su repetición manifiestan y confirman
injuriosamente la implícita negación de la Fe en el augustísimo dogma de
la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía.
3) LA FUNCIÓN DEL ALTAR EN LA NUEVA MISA (nº 262)
El altar casi siempre es llamado mesa :
«El altar o mesa del Señor, que es el centro de toda la liturgia
eucarística» (nº 49; cfr. 262); pero se prescribe que el altar esté
siempre separado de las paredes, para que así cualquiera pueda girar
alrededor de la mesa y que la Misa se celebre de cara al pueblo (nº
262); con mayor insistencia se determina que el altar debe convertirse
en el centro de la asamblea de los fieles, de manera tal que su atención
se dirija espontáneamente hacia el altar (ib). Pero considerados a la
vez los números 262 y 276, parece excluirse que el Santísimo Sacramento
de la Eucaristía pueda conservarse sobre este altar. De aquí surge una
irreparable división: por una parte estará la mística presencia del Sumo
y Eterno Sacerdote en el presbítero celebrante; y por otra parte estará
la Presencia Real Sacramental del mismo Cristo en persona. En la
antigua Misa estaba manifiesta una sola presencia de Cristo a la vez.
En
la nueva Misa se nos invita a conservar el Santísimo Sacramento en otro
lugar apartado, donde se alimente la devoción privada de los fieles,
como si la Hostia no fuese sino una simple reliquia; de manera que ya no
sea más el tabernáculo el que atraiga los ojos y la fe de los fieles
que ingresan al templo, sino una mesa tosca y sin adorno. He aquí
nuevamente cómo la piedad privada se opone a la piedad litúrgica; se
erige el altar contra el altar.
También,
la tan frecuente recomendación de distribuir la Comunión sólo de las
especies consagradas en la Misa; más aún, que se consagre un pan de
grandes dimensiones ,
de modo que el sacerdote pueda dividir su pan con al menos alguna parte
de los fieles, confirma y acrecienta la indiferencia anímica y el
desprecio hacia el Tabernáculo, como también hacia toda piedad
eucarística fuera de la Misa. He aquí una nueva injuria a la fe en la
Presencia Real de Cristo, mientras perduran las Especies Eucarísticas
consagradas .
4) FÓRMULAS CONSAGRATORIAS
La
antigua fórmula de la Consagración era clara y propiamente sacramental,
pero no meramente narrativa, mientras que las tres consideraciones
siguientes parecen demostrar que en el Novus Ordo se insinúa lo contrario:
a) No se reproduce más literalmente el texto de la Sagrada Escritura; además, la inserción de las palabras paulinas Mysterium Fidei significaba
la inmediata confesión de fe que debía proferir el sacerdote ante el
Misterio operado por la Iglesia a través de su sacerdocio jerárquico.
b)
Las nuevas puntuaciones de las palabras y la nueva tipografía. En
efecto, en el antiguo Misal el mismo punto y aparte significaba
claramente el paso del modo narrativo al modo sacramental y afirmativo,
las mismas palabras consagratorias se trazaban en el antiguo Misal con
letras mayúsculas y en el medio de la página; más aún, con frecuencia
escritas también en color diferente, de manera que se separasen del
contexto meramente histórico. Y todas estas cosas, por cierto,
conferían sapientísimamente a toda la fórmula consagratoria una fuerza propia de significación absolutamente individual y singular .
c) La anamnesis «Cuantas veces hiciereis estas cosas, las haréis en memoria mía», que en griego se dice así: «eis tén emoú anámnesin.» La anamnesis en
el Canon Romano se refería a Cristo operante en acto, pero no a la mera
memoria de Cristo o de un mero acontecimiento; se nos mandaba recordar
lo que Él mismo hizo («estas cosas haréis en memoria mía»), y el modo
cómo Él las hizo, pero no únicamente su persona o su cena. En cambio, la
fórmula paulina «Haced esto en conmemoración mía», que en el Novus Ordo reemplaza a la fórmula antigua –repetida todos los días en las lenguas vernáculas–
cambiará irreparablemente la fuerza misma del significado en las mentes
de los oyentes, de modo tal que la memoria de Cristo, que debe ser el
principio de la acción eucarística, parezca convertirse en el término
único de esta acción o rito. O sea, la “conmemoración”, que cierra la
fórmula de la consagración, ocupará poco a poco el lugar de la “acción
sacramental” .
La
forma narrativa se pone ahora de relieve de hecho con las mismas
palabras en la Instrucción oficial: “Narración de la Institución” (nº 55d); y ella se confirma en la definición de la anamnesis, donde se dice: «La Iglesia celebra la memoria de Cristo mismo» (nº 55c)
En síntesis, la teoría que se propone sobre la epiclesis y la misma innovación en cuanto a las palabras de la Consagración y de la anamnesis implican
que también se ha realizado un cambio en el modo de significar; pues
las fórmulas consagratorias son ahora pronunciadas por el sacerdote como
parte de alguna narración histórica y no son enunciadas en cambio como
expresando un juicio categórico y operativo proferido por Aquél en cuya
representación el sacerdote mismo obra diciendo: «Esto es mi Cuerpo»,
pero no: «Esto es el Cuerpo de Cristo» .
Además,
la aclamación asignada al pueblo para decir después de la Consagración
«Anunciamos Tu Muerte, Señor, etc., hasta que vengas» introduce, bajo la
apariencia de escatologismo,
una nueva ambigüedad sobre la Presencia Real. En efecto, se proclama
oralmente, sin solución de continuidad después de la Consagración, la
expectación de la Segunda Venida de Cristo en la consumación de los
tiempos, en el mismo momento en el que Él se halla verdadera, real y
substancialmente presente sobre el altar, como si sólo aquélla última
fuera Su verdadera venida, pero no ésta.
Y
esto se recalca con mayor vigor en la fórmula de aclamación a elegir
libremente: «Cada vez que comemos este pan y bebemos el cáliz,
anunciamos Tu Muerte, Señor, hasta que vengas»; donde se mezclan con la
máxima ambigüedad cosas diversas, como la inmolación y la manducación,
la Presencia Real y la segunda venida de Cristo .
V
Y ahora pasemos a cada uno de los elementos concretos del Sacrificio.
En la Misa anterior, eran cuatro los elementos del Sacrificio: 1º Cristo; 2º el sacerdote; 3º la Iglesia; 4º los fieles.
1ª Comencemos por los fieles. En el Novus Ordo,
la parte asignada a los fieles es autónoma o absoluta, y, por
consiguiente, totalmente falsa ya desde la misma definición propuesta al
comienzo («La Misa es la sagrada sinaxis o
asamblea del pueblo.»), hasta el saludo con el cual el sacerdote
expresa al pueblo la “presencia” del Señor en la comunidad reunida (nº
28): «Con este saludo y con la respuesta del pueblo se manifiesta el
misterio de la Iglesia reunida.» Por lo tanto, se trata aquí de una
verdadera presencia de Cristo, pero meramente espiritual, y asimismo del
misterio de la Iglesia pero en cuanto simple comunidad que manifiesta y
solicita tal presencia espiritual. Y esto se encontrará por doquier:
recuérdese el carácter comunitario de la Misa recalcado con tanta
insistencia (nº 32; 74-152); la impía distinción entre “Misa con pueblo”
y “Misa sin pueblo” (nº 203-232); la definición de la “oración
universal o de los fieles” (nº 45), donde nuevamente se pone de relieve
“el oficio sacerdotal” del pueblo («el pueblo ejerciendo el oficio de su
sacerdocio») proponiéndolo en forma equívoca; en efecto, no se indica
en modo alguno que está subordinado al oficio del sacerdote jerárquico. Y
esto tanto más se confirma por el hecho de que el sacerdote, en cuanto
que ha sido consagrado mediador, está constituido intérprete, según la
vieja Misa, de todas las intenciones del pueblo, sea en la plegaria Te igitur, sea en los dos Memento.
También en la “Plegaria eucarística” III (“Vere Sanctus”, pág.
123) se nos ordena dirigirnos así al Señor: «No dejas de congregar a Tu
pueblo, para que desde la salida del sol hasta el ocaso sea ofrecida
una oblación pura a tu nombre», donde la partícula “para que” insinúa
que el elemento necesario sobre todos los demás para celebrar la Misa es
el pueblo y no el sacerdote. Y como en ninguna parte del texto se
indica quién es el sacrificador secundario y particular , todo el pueblo mismo es presentado provisto de un poder sacerdotal propio y pleno ¡Lo cual es falso!
¡Nada
de extrañar pues si, con esta manera de obrar, bien pronto se le
atribuya también al pueblo la facultad de unirse al sacerdote en la
pronunciación de las mismas palabras consagratorias (lo cual, por lo
demás, se nos informa, que ya sucede en ciertos lugares)!
2º El ministerio del sacerdote
aparece disminuido, alterado, viciado. En primer lugar, por cierto,
respecto del pueblo. Se presenta al sacerdote más bien como un simple
presidente o hermano (no mediador) que como ministro consagrado que
celebra en representación de Cristo; luego, respecto de la Iglesia, en
cuanto que es propuesto como “uno del pueblo”. También en la definición
de la epiclesis (nº 55c)
las invocaciones se atribuyen en forma anónima e incierta a la Iglesia.
El oficio de mediador, propio del sacerdote, desaparece.
En la oración del Confiteor,
que se recita ahora sólo en forma colectiva, el sacerdote ya no es más
juez, testigo y mediador ante Dios; por consiguiente, no se imparte más
al pueblo la absolución sacerdotal que se tenía en el antiguo rito. En
efecto, el sacerdote viene simplemente connumerado entre los “hermanos”.
De donde, incluso el mismo monaguillo que ayuda en una “Misa sin
pueblo” lo llama con este nombre de hermano.
Pero
ya antes de esta última reforma de la Misa se había abrogado la
significativa distinción entre la Comunión de los fieles y la Comunión
del sacerdote (momento en el cual el Sumo Eterno Sacerdote y el que
actuaba en representación de Él se confunden en una casi diríamos íntima
unión y se logra la consumación del Sacrificio)
Ahora,
en cambio, ni una palabra siquiera acerca del poder del sacrificador,
sobre su acto consagratorio, por medio del cual se renueva realmente la
Presencia eucarística, y de este modo, el sacerdote católico ya reviste
la figura de un ministro protestante.
Además,
la omisión o el libre uso de muchas vestiduras sagradas (pues en
algunos casos bastan el alba y la simple estola: nº 298) debilita aún
más la primigenia conformación del sacerdote con Cristo; en efecto, el
sacerdote ya no se presenta más revestido con las virtudes de Cristo; él
es ya un simple “funcionario” que apenas se distingue de la multitud de
los fieles por uno o dos signos («él
mismo un poco más hombre que los demás hombres»: así lo describió bella
y humorísticamente, aunque en forma involuntaria, cierto predicador
contemporáneo .
Por
lo tanto, nuevamente se divide lo que Dios ha unido: a saber, así como
ya viene separado el Tabernáculo del altar de la Misa, así ahora se
desgarra el único sacerdocio del Verbo de Dios y el sacerdocio de Sus
Ministros consagrados.
Por
último, trataremos simultáneamente de Cristo y de la Iglesia. En un
solo texto, donde se trata de la “Misa sin pueblo”, como con
displicencia se reconoce a la Misa en cuanto que es “acción de Cristo y
de la Iglesia” (nº 4; cfr. Presb.
Ord., nº 13); mientras que por el contrario en el caso de la “Misa con
pueblo” no se recuerda ninguna otra finalidad sino la de hacer “memoria
de Cristo” y la santificación de los presentes. «El presbítero
celebrante asocia a sí mismo al pueblo al ofrecer el sacrificio por
medio de Cristo a Dios Padre en el Espíritu Santo» (nº 60), en vez de
asociar el pueblo a Cristo, quien se ofrece a Sí Mismo en sacrificio
“por el Espíritu Santo a Dios Padre”.
Nótense
en este contexto otras cosas: la gravísima omisión en las oraciones de
las cláusulas “Por Cristo Nuestro Señor”, quien fue dado a la Iglesia de
todos los tiempos como única garantía de ser escuchada; además, un
pertinaz y ansioso “pascualismo”, como si la comunicación de las gracias no tuviese otros aspectos igualmente fecundos; también, ese “escatologismo”
vesánico y peligroso, en el cual la comunicación de la gracia, que de
suyo es permanente y eterna, es rebajada a meras dimensiones temporales;
el “pueblo”, como pueblo en marcha, la “Iglesia peregrinante” (¡ya no
más militante contra la Potestad de las tinieblas!) hacia cierto
“futuro” que no está vinculado a la eternidad venidera (y que por lo
mismo no depende de ella en el presente), sino que corresponde a la
verdadera y propia posteridad temporal.
La Iglesia –Una, Santa, Católica, Apostólica–
es humillada en cuanto tal por la fórmula de la “Plegaria Eucarística
IV”, en la cual la oración del Canon Romano: “Por todos los ortodoxos y
seguidores de la fe católica y apostólica” se cambia de tal modo que todos estos creyentes son sustituidos simplemente ¡por todos los que te buscan con corazón sincero!
También en el Memento de
los difuntos, los muertos ya no son aquellos «que nos precedieron con
el signo de la Fe y duermen el sueño de la paz», sino solamente «los que
murieron en la paz de tu Cristo.» A quienes además se añade (no sin un
nuevo y patente abandono de la legítima noción de la unidad y
visibilidad de la Iglesia) la turba de «todos los difuntos cuya fe Tú
solo conociste»
En cambio, en ninguna de las tres nuevas Plegarias Eucarísticas se hace alguna mención –como ya más arriba dijimos– sobre el estado de penas y tribulaciones de las almas en el Purgatorio; en ninguna de ellas se da lugar a que se haga un Memento los difuntos en particular. Todo lo cual enerva nuevamente la fe en la naturaleza propiciatoria y redentora del Sacrificio .
Aparecen
otras omisiones por las cuales se degrada y desacraliza a cada paso el
Misterio de la Iglesia. De ahí que ya desde el comienzo de la Misa se
silencie a la Sagrada Jerarquía Apostólica al suprimir la mención de San
Pedro y San Pablo; los Ángeles y santos ya no son más recordados sino
de un modo genérico y por lo tanto anónimo en la segunda parte del Confiteor colectivo,
mientras que en la primera parte los mismos, que serán testigos y
jueces en la persona de San Miguel, no aparecen ya más de ningún modo .
Se
esfumaron también las diversas jerarquías de los ángeles (lo que nunca
acaeció antes) del nuevo Prefacio, provisto en la "Plegaria Eucarística
II". En el Communicantes se
elimina la memoria de los Pontífices y Santos Mártires sobre quienes
está fundada la Iglesia Romana y que sin duda transmitieron y
completaron las tradiciones apostólicas, de donde finalmente –sobre todo
bajo la guía de San Gregorio Magno– surgió la Misa Romana. Además, en el Libera nos se
suprimió la mención de la Bienaventurada Virgen María, de los Apóstoles
y de todos los Santos ¿Por ventura se ha de decir que el sufragio de
ellos ya no es más necesario, ni siquiera en este gravísimo momento de
la historia?
Incluso la misma Unidad de la Iglesia queda oscurecida, en cuanto que en todo el Novus Ordo, incluidas las tres nuevas "Plegarias" (con la excepción del Communicantes: sólo
del Canon Romano) se omiten en forma lamentable los nombres de los
Apóstoles Pedro y Pablo, fundadores de la Iglesia Romana, así como
también los nombres de los demás Apóstoles, que son el signo de la única
y universal Iglesia, más aún, sus columnas y fundamento.
Además,
se ataca evidentemente al dogma de la Comunión de los Santos cuando al
sacerdote que celebra solo sin ayudante se le manda omitir todos los
saludos y la Bendición final. Más aún, se prescribe omitir el anuncio “Ite, missa est" , incluso en la Misa que se celebra con ayudante (nº 231)
Por medio del segundo Confiteor,
que decía el sacerdote solo, se demostraba claramente cómo él mismo,
como ministro en representación de Cristo, profundamente inclinado se
reconocía indigno de celebrar el “tremendo misterio” y más aún de
ingresar al Sancta Sanctorum (en la oración Aufer a nobis); por ello, también invocaba (en la oración Oramus Te Domine)
los méritos e intercesiones de los Santos Mártires, cuyas reliquias se
guardaban en el altar ¡Ambas oraciones han sido abolidas! Por
consiguiente, aquí también debe decirse lo mismo que dijimos más arriba
sobre los dos Confiteor y la doble o distinta Comunión del sacerdote y de los fieles.
Además,
son profanadas las condiciones que, como signos de una cosa sagrada, se
establecían para el Sacrificio: por ejemplo, en el caso de celebración
fuera de un lugar sagrado, según el Novus Ordo,
el altar puede ser sustituido por una simple mesa, sin piedra
consagrada, sin reliquias de Santos y cubierta por un solo mantel (nº
260, 265) Aquí vale lo que se dijo sobre la Presencia Real: en efecto,
de este modo el rito pelado del “banquete” y del Sacrificio se disocia
de la misma “Presencia Real” del adorable Cuerpo y Sangre de Cristo, y
de los signos de esa fe.
La
obra de desacralización se completa con los nuevos y toscos ritos del
Ofertorio: se realza directamente la condición del pan, y no del pan
ázimo; se concede la facultad de tocar los vasos sagrados (nº 244 d) a
los mismos monaguillos (y también sin discriminación a los mismos laicos
que se acercan a la comunión bajo ambas especies); se armará una
barahúnda increíble en el templo, donde sin parar se suceden
alternadamente el sacerdote, el diácono, el salmista, el comentarista
(pero hasta el mismo sacerdote parece ser rebajado al grado de
comentarista, ya que continuamente se lo invita a que explique lo que va
a hacer), los lectores (sin excluir a las mujeres), los clérigos o
laicos que aguardan a los fieles en las puertas del templo y los
acompañan a sus asientos, hacen colectas, reciben y distribuyen las
limosnas; y, mientras se ensalza con gran pompa a las Sagradas
Escrituras, he aquí que contra la Escritura del Antiguo Testamento y
contra los preceptos de San Pablo (1Cor 14,34; 1Tim 2,
11-12) se inventa una “mujer idónea”, quien por primera vez, contra la
tradición de toda la Iglesia, tendrá la facultad de leer las lecturas en
la Misa así como también de realizar otros «ministerios que se llevan a
cabo fuera del presbiterio» (nº 70) Finalmente, aquélla exagerada y
loca afición a la concelebración, la cual poco a poco hará esto: por un
lado, extinguirá la interna piedad eucarística de los sacerdotes, y por
otro, obnubilará la eminente figura de Cristo, Único Sacerdote y
Víctima, disolviéndola en la presencia colectiva de los numerosos concelebrantes, en vez de representarla .
VI
Hasta aquí hemos hecho un examen sumario del Novus Ordo denunciando sus innovaciones más graves en discordancia con la Teología Católica de la Misa.
Las
observaciones hasta aquí hechas sólo atañen a las de carácter típico;
un juicio, empero, sobre las insidias del documento, sus peligros y sus
elementos que son espiritual y psicológicamente destructivos, y que se
encuentran sea en los textos, sea en las rúbricas e instrucciones,
exigiría un trabajo más considerable de investigación. En efecto, no
hemos tratado detenidamente sobre los nuevos Cánones, puesto que ya han
sido pesados en la balanza por otros autores, y con argumentos no
carentes de peso, tanto en cuanto a la sustancia como en cuanto a la
forma. En particular, el segundo Canon escandalizó
de inmediato a los fieles por su excesiva y pelada brevedad. De este
Canon se ha escrito, entre otras cosas, que un sacerdote sin fe en la
transubstanciación y en la naturaleza sacrificial de la Misa puede
usarlo con tranquilidad de espíritu para celebrar su Misa; que, por lo
tanto, tal Misa también puede ser dicha sin ninguna dificultad por un
ministro protestante.
El
Nuevo Misal fue presentado públicamente en Roma como una “amplia
compilación para uso del ministerio pastoral”, como un “texto más
pastoral que jurídico”, que, por lo tanto, puede ser retocado por las
Conferencias Episcopales de acuerdo a las circunstancias y al carácter
de los diversos pueblos. Además, también la misma primera sección de la
nueva Congregación para el Culto Divino tendrá la misión de vigilar «la
edición y constante revisión» de los libros litúrgicos. En el último
“Boletín de los Institutos litúrgicos de Alemania, Suiza y Austria” leemos:
«Los textos latinos de ahora en adelante deben ser traducidos a las
diversas lenguas de los pueblos; el estilo “romano” debe ser adaptados a
las Iglesias de cada lugar; lo que fue concebido como fuera del tiempo
deberá ser traspuesto a las condiciones mutables de las realidades y
circunstancias, atento al flujo constante de la Iglesia y de sus
innumerables comunidades.»
Pero
también por parte de la misma Constitución Apostólica recibió una
herida mortal la lengua universal de la Iglesia (contra la voluntad
solemnemente expresada en el Concilio Vaticano II) En ella, en efecto,
se afirma sin ningún equívoco: «que, en tanta variedad de lenguas, una
sola e idéntica oración de todos ascienda más fragante que cualquier
incienso.»
De
este modo, ya se decretó la muerte del idioma latino en la Liturgia. La
muerte del canto gregoriano, que el mismo Concilio Vaticano II había
reconocido como «propio de la Liturgia Romana» (Sacros. Conc., nº 116),
mandando además que el mismo canto mantuviera «el lugar principal» (ibid.), se seguirá lógicamente en razón de la facultad concedida de elegir variados textos, sea para el Introito, sea para el Gradual.
Así pues, ya desde el comienzo se supone al nuevo rito, al que denominan pluralístico y experimental, como expuesto a la continua variación de tiempos y lugares.
Desgarrada
así para todos los tiempos la unidad del culto, ¿qué será ya de aquélla
unidad de la Fe, que nacía de ella, y que hasta ahora siempre se dice
ser una cosa síntesis de todo, y que debe ser defendida sin equívocos?
De lo dicho es evidente que el Novus Ordo ya
no quiere seguir expresando la Fe de Trento. A esta Fe, sin embargo,
están vinculadas para siempre las conciencias de los católicos. Por
consiguiente, después de promulgado el Novus Ordo,
el verdadero católico, de cualquier condición u orden, se encuentra en
la trágica necesidad de optar entre cosas opuestas entre sí.
VII
La Constitución Apostólica alude explícitamente a que en el Novus Ordo se
encuentra una abundante piedad y doctrina, extraídas de las Iglesias
Orientales. Pero, en realidad, cualquier fiel perteneciente al Rito
Oriental se erizará, pues el espíritu del Novus Ordo se
presenta no ya conforme, sino opuesto al Rito de los Orientales ¿A qué
se reducen en definitiva las innovaciones introducidas con espíritu
ecuménico? principalmente, a la multiplicidad de las anáforas (no, por
cierto, a su nobleza ni a su complejidad), a la presencia del diácono y a
la Comunión “bajo ambas especies”. Pero, por el contrario, los autores
del Novus Ordo parece
que han querido más bien deliberadamente omitir todos los elementos que
en la Liturgia Romana ya eran realmente más cercanos a la Liturgia
Oriental ,
mientras que habiendo repudiado de la antigua Misa su peculiar e
inmemorable carácter Romano, despiden a los elementos más propios de
éste y espiritualmente preciosos. En su lugar, se han introducido
elementos por los cuales se rebaja el Rito Romano, acercándose al nivel
de ciertos ritos de los Reformadores (y ni siquiera de aquellos que más
se aproximan a la Fe católica) Mientras tanto los Orientales, como
ocurrió luego de las más recientes innovaciones, serán alejados más y
más de él.
Pero
el nuevo rito complacerá, por el contrario, en sumo grado a todos
aquellos grupos que, ya próximos a la apostasía, devastan a la Iglesia,
ya sea manchando su cuerpo, ya sea corroyendo la unidad de su doctrina,
de su moral, de su liturgia y de su disciplina. Peligro más terrible que
éste nunca existió en la Iglesia.
VIII
San
Pío V mandó que se publicara el Misal Romano con la finalidad de que
fuese un instrumento de unidad (tal como la misma “Constitución
Apostólica” de Pablo VI lo recuerda) Por medio de él, efectivamente,
como lo había prescrito el Concilio de Trento, debía alejarse de los
ritos cualquier peligro de error contra la Fe, atacada en aquel tiempo
por los Reformados. Tan graves eran las razones que impulsaban a aquel
santísimo Pontífice, que nunca aparece tan legítima y casi profética,
como en el presente caso, aquélla sagrada fórmula con la que se concluye
la Bula de promulgación de la Misa: «Si alguien empero presumiere
atentar contra esto, sepa que habrá de incurrir en la indignación del
Dios Omnipotente y de sus Bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo» (Quo primum tempore, 13 de julio de 1570) .
Sin embargo, de hecho algunos se han atrevido a afirmar oficialmente –al presentarse el Novus Ordo en Roma, en el Vaticano, en la sala de prensa– que las razones aducidas por el Sínodo Tridentino habían cesado.
Por el contrario, no sólo subsisten y perduran aquellas razones, sino –y esto lo afirmamos sin ninguna duda–
hoy irrumpen otras inmensamente más graves. En efecto, para rechazar
las insidias amenazadoras que a través de los siglos luchan contra la
pureza del depósito recibido de la Fe («Guarda el depósito, evitando las
profanas novedades de las palabras» 1Tim 6,
20), debió la Iglesia protegerla y defenderla mediante definiciones y
pronunciamientos dogmáticos de su doctrina. Gracias a este influjo de
inmediato se consolidó tanto el mismo culto, que llegó a ser el
monumento más completo de la misma Fe.
Quienes
hoy se empeñan en rebajar nuevamente a sus antiguas formas, de
cualquier modo, al Rito Romano del culto católico (por el afán de aquel
“insano arqueologismo” que ya Pío XII lúcidamente reprobó con suma oportunidad –volviendo a repetir in vitro; lo que tuvo su primigenia hermosura en antigüedad– no
llevan a cabo, como ya antes dijimos, sino la ruina de todas las
defensas teológicas del mismo culto, a la vez que destruyen todas las
bellezas acumuladas a través de los siglos ,
y esto incluso en un grave momento, más aún, quizás en el más gravísimo
de todos los momentos críticos de que se tenga memoria en la historia
de la Iglesia.
Hoy,
en efecto, la misma autoridad suprema de la Iglesia reconoce escisiones
y cismas, ya no fuera, sino dentro de la comunidad misma de los
católicos . La unidad de la Iglesia no sólo peligra, sino que ya se la juzga de antemano trágicamente ;
los errores contra la Fe no sólo se insinúan, sino que por medio de los
abusos y aberraciones litúrgicos –aunque públicamente señalados y reprobados– se imponen no obstante por los mismos hechos .
Por
lo tanto, el apartarse de la tradición litúrgica, que fue por cuatro
siglos signo y garantía de la unidad del culto, para sustituirla por
otra nueva –que no puede no ser un signo de cisma, por las innumerables
facultades implícitamente concedidas, y la cual pulula ella misma con
gravísimas ambigüedades, por no decir errores manifiestos contra la
pureza de la Fe Católica– nos parece, para expresar nuestra opinión más benigna, el error más monstruoso.
En la festividad de Corpus Christi, 1969.
Es
sabido por todos que hoy niegan el Concilio Vaticano II aquellos mismos
que en otro tiempo se atribuían su paternidad; quienes, después de
haber declarado el Sumo Pontífice en la conclusión del Concilio que nada
se había cambiado en él, salieron del Concilio con la deliberada
intención de destrozar en el acto su aplicación, interpretándolo por
cuenta propia lo contenido en los textos auténticos. Se debe lamentar
que la Sede Apostólica haya actuado con tal precipitación –juzgada
inexplicable por muchos–,
lo cual permitió, más aún exhortó, bajo la guía del “Consejo para la
Ejecución de la Constitución de la Sagrada Liturgia”, a una infidelidad
de día en día creciente al Concilio. Infidelidad, que partiendo de
aspectos sólo en apariencia meramente formales (como son la lengua
latina, el canto gregoriano, la abrogación de venerables ritos, etc.) se
extendió a los aspectos sustanciales que ahora han sido sancionados
también en el mismo Novus Ordo.
Más perniciosamente quizás en lo que respecta a las almas de los fieles
las terribles calamidades que hemos intentado interpretar repercutieron
incluso contra la disciplina y el mismo Magisterio eclesiástico,
habiéndose debilitado de un modo terrible, junto con la autoridad,
también la debida docilidad a la Sede Apostólica.____________
[
1]
Guérard des Lauriers, el
autor de la satánica Tesis Cassiciacum.
[
2]
Alfredo Ottaviani, el que elogió a la
masónica ONU y a la masónica República Universal.
El
7 de octubre de 1965, en un discurso en el Concilio Vaticano II, el
cardenal Alfredo Ottaviani defendió la formación de un único orden
mundial y pidió apoyo para las Naciones Unidas.
De hecho, dos días después del discurso de Pablo VI
en la ONU elogiando a dicha organización y condenando toda guerra, y del
regreso triunfal del Pontífice a la Asamblea Conciliar, el cardenal
Ottaviani se hizo eco de esas ideas en un breve discurso ante todos los
obispos de la Iglesia reunidos en la Basílica Vaticana.
Reproducimos parte de su intervención tomada de El Concilio Vaticano II
del P. Giovanni Caprile, SJ, considerado una de las crónicas más
objetivas sobre el Vaticano II. El P. Caprile era miembro del personal
de La Civilta Cattolica , el órgano oficial de la Compañía de Jesús.
Derecha, la portada de Il Concilio Vaticano II , de Caprile. Abajo a la derecha , el discurso de Ottaviani; abajo a la izquierda , nuestra traducción del texto italiano en amarillo.
Es
necesario difundir el espíritu de fraternidad entre los pueblos y
disponerlos a sacrificarse por el bien común de la humanidad, así como
cada individuo contribuye, con privaciones y sacrificios, por el bien de
su propio país...
Es necesario que las decisiones de los órganos
internacionales establecidos, como la Corte Internacional de Justicia de
La Haya [Países Bajos] y las Naciones Unidas, sean más vinculantes para
resolver las controversias internacionales...
Para erradicar la causa de la guerra, deben
adoptarse los remedios sintetizados en cinco puntos por Pío XII en su
Radiomensaje de Navidad de 1941. Finalmente, la guerra podría
convertirse en un simple recuerdo del pasado si las palabras
pronunciadas por Pablo VI en Nueva York y posteriormente, en esta
Asamblea, se arraigaran en los corazones de los pueblos y la juventud.
El Consejo debería expresar el deseo de que todas
las naciones del mundo participen en una única República Universal, que
trascienda las características individuales de las naciones, para que la
paz de Cristo en el Reino de Cristo se haga realidad.
(Alfredo Ottaviani, intervención del 7 del octubre de 1965, apud Giovanni Caprile, Il Concilio Vaticano II , Roma: La Civiltà Cattolica, 1969, vol. 5, p. 178)
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Tomado de:
https://www-traditioninaction-org.translate.goog/ProgressivistDoc/A_097_Ottaviani_UN.html?_x_tr_sl=en&_x_tr_tl=es&_x_tr_hl=es&_x_tr_pto=wapp
[3] Ottavini, el que terminó por alinearse con el modernismo:
A
pesar de haber sido uno de los más famosos defensores del Magisterio
tradicional de la Iglesia, al final del Concilio Vaticano II, el
cardenal Alfredo Ottaviani renunció a sus ideales y se alineó con Pablo
VI y la corriente progresista.
De hecho, el 28 de octubre de 1965, concedió una entrevista al periódico italiano Corriere della Sera en la que afirmó que a partir de entonces defendería los nuevos principios del Vaticano II.
El motivo de la entrevista era abordar el rumor de
que el nombre del Santo Oficio, del que era Prefecto, cambiaría pronto,
como de hecho ocurrió. La entrevista se concedió en vísperas del 75.º
cumpleaños de Ottaviani.
Reproducimos un extracto en francés de esta
entrevista extraído de la crónica del Vaticano II de Henri Fesquet. Le Journal du Concile de Fesquet, enviado especial del periódico parisino Le Monde , se hizo conocido por proporcionar las mejores exclusivas del Concilio.
Arriba a la derecha, la portada de Le Journal du Concile . Abajo a la derecha , el mencionado extracto de Ottaviani, abajo a la izquierda , nuestra traducción del texto completo en francés.
En respuesta a una pregunta del periodista, el cardenal Ottaviani declaró:
«Soy un soldado que vela por la reserva de oro.
¿Crees que cumpliría con mi deber discutiendo, abandonando mi puesto,
haciendo la vista gorda? ¡Hijo mío, 75 años son 75 años! Los viví
defendiendo ciertos principios y ciertas leyes. Si le dices a un
veterano soldado que las leyes van a cambiar, es obvio que, como
veterano, hará todo lo posible para que no cambien.
Pero si, a pesar de todo, cambian, Dios sin duda
le dará la fuerza para ponerse a la defensiva del nuevo tesoro en el que
cree. Una vez que las nuevas leyes se conviertan en el tesoro de la
Iglesia, un enriquecimiento de la reserva de oro, entonces solo un
principio cuenta: servir a la Iglesia. Y este servicio significa ser
fiel a sus leyes».
(Alfredo Ottaviani, Entrevista al Corriere della Sera , 28 de octubre de 1965, apud Henri Fesquet, Le Journal du Concile , Foulcalier: Robert Morel, 1966, p. 1019)
Tomado de: https://www-traditioninaction-org.translate.goog/ProgressivistDoc/A_097_Ottaviani_UN.html?_x_tr_sl=en&_x_tr_tl=es&_x_tr_hl=es&_x_tr_pto=wapp
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