Santa Brígida deseaba
saber cuantos azotes recibió Nuestro Señor Jesucristo, en Su Pasión. Ante
el deseo de la
Santa por venerar este Sufrimiento
del Redentor, Él
se le apareció y le dictó quince oraciones, para rezarlas diariamente, durante un año, junto con un
Padrenuestro y un Avemaría. [El Gloria Patri, se le añadió
posteriormente.]
«Al terminar el año – le dijo – habréis venerado cada una de Mis Llagas.»
Además de las oraciones, también le reveló la promesa de excelentes Gracias para quienes las
rezaran.
LAS PROMESAS
El que rezare estas oraciones durante un año, alcanzará el primer grado de perfección.
Cada vez que un alma rezare estas oraciones, ganará 100 días de indulgencia.
Esta alma obtendrá todo cuanto le pidiere a Dios y a la Santísima Virgen. [Siempre y cuando, lo pedido sea para el Bien de esa alma o de la que les encomendara.]
Le preservaré de una muerte repentina.
Preservaré
y guardaré sus cinco sentidos.
Yo le defenderé contra graves tentaciones: pondré el Signo de Mi Victoriosa Cruz delante de él, para que sea su Amparo y Defensa contra las asechanzas de sus enemigos.
Su alma será librada de la Muerte Eterna.
Quince
días antes de su muerte, vendré a
él con mi Carísima y Bien Amada Madre.
Tendrá conocimiento perfecto de todas sus culpas, sentirá contrición
profunda por todos sus pecados.
Le daré el Alimento de Mi Sagrado Cuerpo, para que se escape del Hambre Eterna y le daré de beber de Mi Preciosísima Sangre, para que no padezca de Sed Eternamente.
Benignamente
recibiré su alma y le conduciré a las Delicias Eternas. Y habiendo conducido a
esta alma hasta las Mansiones Eternas, allí le daré de beber del Manantial de
mM Divinidad, cosa que no haré con los que no hayan recitado Mis oraciones,
durante un año.
Se le asegura que será colocado junto al Supremo Coro de los Santos
Ángeles.
Libraré
del Purgatorio
a quince almas de su parentela o linaje, quince serán convertidas y quince
serán preservadas y confirmadas en la Gracia.
Haz saber que el que haya vivido haciendo su propia voluntad durante toda su
vida o en estado de pecado mortal aun por 30 años, si rezare devotamente estas
oraciones durante un año o si, habiéndose propuesto rezarlas, debiera morir al
día siguiente, Yo le prolongaré su existencia para que se confiese bien, y le
perdonaré todos sus pecados.
Donde quiera que se rezaren estas oraciones o si se rezan en algún tiempo
futuro, allí estará Dios presente con Su Gracia.
Al que enseñare estas oraciones a otra persona, se le asegura Gozo continuo y el
Mérito perdurable por toda la Eternidad.
[Los padres de familia, maestros y catequistas que enseñen estas oraciones a los pequeños, por lo menos durante un año, serán premiados de Dios. Igualmente los que se las facilitan a otros.]
APROBACIÓN DE LAS ORACIONES Y DE LAS PROMESAS
[Para rezarlas delante de un Crucifijo o de una imagen de la Santa Faz.]
Estas oraciones y promesas fueron copiadas de un libro impreso en Toulousse, (Francia) en el año 1.740. Se publicaron por el Padre Adrien Parvelliers, Jesuita Misionero Apostólico en la Tierra Santa, que obtuvo la aprobación, el permiso y la recomendación que se requería para difundirlas.
El Papa Pío IX declaró conocimiento de estas oraciones, con el acto de presentar el prólogo. De esta manera, el Sumo Pontífice admitió la autenticidad de estas plegarias por el bien de las almas y firmó la aprobación el día 31 de mayo de 1862. Este veredicto del Santo Padre fue confirmado con actos tangibles y concretos. Una colección de pequeños libros, incluyendo estas oraciones, fue aprobada por el Gran Congreso de Malines el 22 de agosto de 1863.
Papa
Benedicto XV:
«La aprobación de estas revelaciones implica nada más que esto: después de
una examinación lenta y detenida, se permite publicar estas revelaciones para
el bien espiritual de todos los fieles, y aunque no se les atribuye el mismo
grado de fe igual al que se le rinde a las Verdades de la Religión bajo pena,
sin embargo se les permite creer con fe humana. Es decir, conforme a las reglas
de prudencia, por las cuales son probables. Por lo tanto, estando ya
adecuadamente afirmadas y apoyadas por suficientes motivos, pueden ser
piadosamente creídas.»
Las promesas ya se han realizado en favor de todas las personas que han rezado estas oraciones. Además se han producido numerosos hechos sobrenaturales. Por este medio, Dios se ha dignado dar a conocer la rigurosa veracidad de estas oraciones y promesas.
ORACIÓN DE CONSAGRACIÓN
¡Oh Faz Amabilísima de Jesús!, aquí vengo, atraído por Tu Dulce Mirada, que como Divino imán, arrebata mi corazón, aunque pobre y pecador! ¡Oh Jesús!, quisiera enjugar Tu Adorable Faz y consolarte de las injurias y del olvido de los pecadores.
¡Oh Rostro Hermosísimo!, las lágrimas que brotan de Tus Ojos me parecen Diamantes, que quiero recoger para comprar con ellos, las almas de mis hermanos.
¡Oh Amado Jesús!, si yo tuviera el amor de todos los corazones, todo sería para Ti.
Señor, envía almas, sobre todo almas de apóstoles y de mártires, para abrasar en Tu Amor, a la multitud de los desgraciados pecadores.
¡Oh Adorable Jesús!, mientras aguardo el Día Eterno en que contemplaré Tu Gloria Infinita, mi único deseo es venerar Tu Faz Santísima, a la cual consagro desde ahora y para siempre, mi alma con sus potencias y mi cuerpo con sus sentidos.
¡Oh mi
Jesús!, haz que Tu Rostro
lastimado, sea aquí
abajo, mi encanto y mi Cielo.
LAS QUINCE ORACIONES
Primera oración
¡Oh,
Jesucristo! Sois la Eterna Dulzura de todos los que os aman. Alegría que sobrepasa todo gozo y deseo; la Salvación y Esperanza de todos los pecadores!
Habéis manifestado no tener mayor deseo que el de permanecer en medio de los
hombres, en la tierra. Los amáis hasta el punto de asumir la naturaleza humana,
en la Plenitud de los tiempos, por Amor a ellos.
Acordaos de todos los Sufrimientos que habéis soportado desde el instante de
Vuestra Concepción; y especialmente durante Vuestra Sagrada Pasión; así como fue decretado y
ordenado desde toda la Eternidad, según el Plan Divino.
Acordaos, ¡oh, Señor! que durante la Última Cena con vuestros discípulos, les
habéis lavado los pies; y después les disteis Vuestro Sacratísimo Cuerpo y Vuestra Sangre Preciosísima. Luego, confortándolos
con Dulzura, les anunciasteis Vuestra
próxima Pasión.
Acordaos de la Tristeza y Amargura que habéis experimentado en Vuestra Alma,
como Vos Mismo lo afirmasteis, diciendo: «Mi Alma está triste hasta la Muerte».
Acordaos de todos los Temores,
las Angustias y
los Dolores que
habéis soportado en Vuestro
Sagrado Cuerpo, antes del suplicio de la Crucifixión.
Después de haber orado tres veces, todo bañado de sudor sangriento, fuisteis
traicionado por Vuestro
discípulo, Judas; apresado por los habitantes de una nación que habíais
escogido y enaltecido. Fuisteis acusado por falsos testigos, e injustamente
juzgado por tres jueces; todo lo cual sucedió en la flor de Vuestra madurez; y en la Solemne Estación Pascual.
Acordaos que fuisteis despojado de Vuestra propia vestidura, y revestido con manto de
irrisión: Os cubrieron los Ojos y la Cara infligiendo bofetadas. Después,
coronándoos de espinas pusieron en Vuestras Manos, una
caña. Finalmente, fuisteis atado a la Columna; desgarrado con azotes y agobiado de
oprobios y de ultrajes.
En memoria de todas estas Penas y Dolores que habéis soportado antes de Vuestra Pasión
en la Cruz, concededme antes de morir: una
contrición verdadera, una confesión sincera y completa; la adecuada satisfacción y
la remisión de todos mis pecados. Amén.
Oh Dulcísimo Jesucristo, ten Misericordia de nosotros pecadores…
Paternoster, Avemaria
y Gloria Patri.
Segunda oración
¡Oh,
Jesús, Verdadera Libertad de
los Ángeles, y Paraíso de Delicias!
Acordaos del Horror y de la
Tristeza con que fuisteis oprimido cuando Vuestros
enemigos, como leones furiosos, os rodearon con miles de injurias, salivazos,
bofetadas, laceraciones, arañazos y otros suplicios inauditos...Os atormentaron
a su antojo.
En consideración a estos tormentos y a las palabras injuriosas, os suplico ¡Oh,
mi Salvador y Redentor!, que me libréis de todos mis enemigos visibles e invisibles,
y que bajo Vuestra Protección, hagáis que yo alcance la perfección de
la Salvación Eterna. Amén.
Oh Dulcísimo Jesucristo, ten Misericordia de nosotros pecadores…
Paternoster, Avemaria
y Gloria Patri.
Tercera oración
¡Oh,
Jesús, Creador del cielo y de la tierra, al nada puede contener ni limitar!
Vos abarcáis todo, y todo es sostenido bajo Vuestra Amorosa Potestad.
Acordaos del Dolor muy
amargo que sufristeis cuando los judíos, con gruesos clavos cuadrados, golpe a
golpe, clavaron Vuestras Sagradas Manos y Pies a la Cruz... Y no viéndoos en un
estado suficientemente lamentable para satisfacer su furor, agrandaron Vuestras
Llagas, agregando Dolor sobre
Dolor: Con indescriptible crueldad, extendieron
Vuestro Cuerpo en la Cruz, y
con jalones y estirones violentos, en toda dirección, dislocaron Vuestros Huesos.
Oh Dulcísimo Jesucristo, ten Misericordia de nosotros pecadores…
Paternoster, Avemaria
y Gloria Patri.
Cuarta oración
¡Oh,
Jesús, Médico Celestial, elevado en la Cruz para curar nuestras llagas con las Vuestras!
Acordaos de las Contusiones
y Desfallecimientos
que habéis sufrido en todos Vuestros
Miembros, que fueron distendidos a tal grado, que no ha habido Dolor semejante al Vuestro...
Desde la cima de la Cabeza hasta la planta de los Pies, ninguna parte de Vuestro Cuerpo estaba exenta de Tormentos. Sin embargo, olvidando todos Vuestros Sufrimientos, no dejasteis de pedir por Vuestros enemigos, a Vuestro Padre Celestial, diciéndole: «Padre,
perdónalos porque no saben lo que hacen».
Por esta
Inmensa Misericordia, y en memoria de estos Sufrimientos, os hago esta súplica: Conceded que
el recuerdo de Vuestra muy
Amarga Pasión, nos alcance una perfecta contrición
y la remisión de todos nuestros pecados. Amén.
Oh Dulcísimo Jesucristo, ten Misericordia de nosotros pecadores…
Paternoster, Avemaria
y Gloria Patri.
Quinta oración
¡Oh,
Jesús, Espejo del Resplandor Eterno!
Acordaos de la Tristeza
aguda que habéis sentido al contemplar con anticipación, las almas que habían de condenarse...
A la Luz de Vuestra
Divinidad, habéis vislumbrado la predestinación de aquellos que se salvarían,
mediante los Méritos de Vuestra Sagrada Pasión. Simultáneamente, habéis
contemplado tristemente la inmensa multitud de réprobos, que serían condenados
por sus pecados, y os
habéis quejado amargamente de esos desesperados, perdidos y desgraciados
pecadores.
Por ese Abismo de Compasión y de Piedad, y principalmente por la Bondad que demostrasteis hacia el buen ladrón,
diciéndole: «Hoy estarás Conmigo en el Paraíso», hago esta súplica, Dulce Jesús: Os pido que a la hora de mi muerte
tengáis Misericordia de mí. Amén.
Oh Dulcísimo Jesucristo, ten Misericordia de nosotros pecadores…
Paternoster, Avemaria
y Gloria Patri.
Sexta oración
¡Oh,
Jesús, Rey Infinitamente
Amado y Deseado!
Acordaos del Dolor que
habéis sufrido cuando, desnudo, y como un criminal común y corriente, fuisteis
clavado y elevado en la Cruz...
También fuisteis abandonado de todos Vuestros parientes y amigos, con la excepción de Vuestra muy Amada Madre: En Vuestra Agonía, Ella permaneció fiel junto a Vos;
luego, la encomendasteis a Vuestro
fiel discípulo, Juan, diciendo a María: «¡Mujer, he aquí a tu hijo!» Y a
Juan: «¡He aquí a tu Madre!»
Os suplico
¡Oh, mi Salvador! por la Espada de Dolor que entonces traspasó el alma de Vuestra Santísima Madre, que tengáis compasión de
mí. En todas mis aflicciones y tribulaciones, tanto corporales como espirituales,
ten piedad de mí. Asistidme en todas mis pruebas y especialmente en la hora de
mi muerte. Amén.
Oh Dulcísimo Jesucristo, ten Misericordia de nosotros pecadores…
Paternoster, Avemaria
y Gloria Patri.
Séptima oración
¡Oh,
Jesús, Inagotable Fuente de Compasión, ten Compasión de mí!
En un profundo gesto de Amor, habéis exclamado en la Cruz: «¡Tengo sed!» Era sed
por la Salvación
del género humano.
¡Oh, mi
Salvador! Os ruego que inflaméis nuestros corazones con el deseo de dirigirnos
hacia la Perfección, en todas nuestras obras. Extinguid en nosotros la
concupiscencia carnal y el ardor de los apetitos mundanos. Amén.
Oh Dulcísimo Jesucristo, ten Misericordia de nosotros pecadores…
Paternoster, Avemaria
y Gloria Patri.
Octava
oración
¡Oh,
Jesús, Dulzura de
los corazones y Deleite del
Espíritu!
Por el vinagre y la hiel amarga que habéis probado en la Cruz, y por Amor a nosotros, oíd nuestros
ruegos. Concedednos la Gracia
de recibir dignamente Vuestro Sacratísimo Cuerpo y Sangre Preciosísima, durante
nuestra vida, y también
a la hora de la muerte, para servir de Remedio y Consuelo a nuestras almas.
Amén.
Oh Dulcísimo Jesucristo, ten Misericordia de nosotros pecadores…
Paternoster, Avemaria
y Gloria Patri.
Novena oración
¡Oh,
Jesús, Virtud Real y Gozo del
alma!
Acordaos del Dolor que
habéis sentido sumergido en un océano de Amargura, al acercarse la Muerte... Insultado y ultrajado por los judíos,
clamasteis en alta voz que habíais sido abandonado por Vuestro Padre Celestial, diciéndole: «Dios mío,
Dios mío, ¿por qué Me has abandonado?»
Por esta Angustia, os suplico, ¡Oh, mi Salvador! que no me abandonéis en los terrores y dolores de
mi muerte. Amén.
Oh Dulcísimo Jesucristo, ten Misericordia de nosotros pecadores…
Paternoster, Avemaria
y Gloria Patri.
Décima
oración
¡Oh, Jesús, Principio y Fin de todas las cosas: Sois la Vida y
la Virtud Plena!
Acordaos que por causa nuestra fuisteis sumergido en un Abismo de Penas, sufriendo Dolor desde la Planta de los Pies y hasta la Cima
de la Cabeza.
En consideración a la enormidad de Vuestras Llagas, enseñadme a guardar, por puro
amor a Vos, todos Vuestros
Mandamientos: El Camino de Vuestra Ley Divina, es amplio y agradable para
aquellos que os aman. Amén.
Oh Dulcísimo Jesucristo, ten Misericordia de nosotros pecadores…
Paternoster, Avemaria
y Gloria Patri.
Décimoprimera oración
¡Oh, Jesús
Abismo muy profundo de Misericordia!
En memoria de las Llagas que penetraron hasta la médula de Vuestros Huesos y Entrañas -para atraerme hacia
Vos-, presento esta súplica:
Yo, miserable pecador profundamente sumergido en mis ofensas, pido que me
apartéis del pecado. Ocultadme en los Huecos de Vuestras Llagas, hasta que Vuestra Cólera y Justísima Indignación, hayan cesado. Amén.
Oh, Dulcísimo
Jesucristo, ten Misericordia de nosotros pecadores…
Paternoster, Avemaria
y Gloria Patri.
Décimosegunda oración
¡Oh, Jesús, Espejo de la Verdad, Sello de la Unidad y Vínculo de la Caridad!
Acordaos de la multitud de Llagas con que fuisteis herido, desde la Cabeza hasta
los Pies. Esas Llagas fueron laceradas y enrojecidas. ¡Oh, Dulce Jesús, por la Efusión de Vuestra Adorable Sangre!
¡Oh, qué Dolor tan
grande y repleto habéis sufrido, por Amor a nosotros, en Vuestra Carne Virginal, Dulcísimo Jesús! ¿Qué hubo que hacer por nosotros, que no habeis hecho ya? Nada
falta. ¡Todo lo habéis cumplido!
¡Oh, Amable y Adorable Jesús! Por el fiel recuerdo de Vuestra Pasión, que el Fruto Meritorio de Vuestros Sufrimientos, sea renovado en mi alma, y que en mi corazón Vuestro Amor aumente cada día, hasta que llegue a
contemplaros en la Eternidad.
¡Oh, Amabilísimo
Jesús! Vos Sois el
Tesoro de toda Alegría y Dicha Verdadera, que os pido concederme en el Cielo.
Amén.
Oh, Dulcísimo
Jesucristo, ten Misericordia de nosotros pecadores…
Paternoster, Avemaria
y Gloria Patri.
Décimotercera oración
¡Oh,
Jesús, Fuerte León, Rey Inmortal e Invencible!
Acordaos del Inmenso Dolor que
habéis sufrido cuando, agotadas todas Vuestras Fuerzas, tanto morales como físicas, inclinasteis la
Cabeza y dijisteis: «Todo está consumado».
Por esta Angustia y Dolor, os suplico, Señor Jesús, que tengáis Piedad
de mí en la hora de mi muerte, cuando mi mente estará tremendamente perturbada
y mi alma sumergida en angustia. Amén.
Oh Dulcísimo Jesucristo, ten Misericordia de nosotros pecadores…
Paternoster, Avemaria
y Gloria Patri.
Décimocuarta oración
¡Oh,
Jesús, Único Hijo del Padre Celestial, Esplendor y Semejanza de Su Esencia!
Acordaos de la Sencilla y Humilde recomendación que hicisteis de Vuestra Alma a Vuestro Padre Eterno, diciéndole: «¡Padre, en Tus Manos encomiendo Mi Espíritu!»
Desangrado Vuestro
Cuerpo, destrozado Vuestro
Corazón y abiertas las Entrañas de Vuestra Misericordia, para redimirnos, habéis expirado...
Por Vuestra Preciosa Muerte, os suplico ¡Oh, Rey de los Santos! confortadme, socorredme para
resistir al demonio, a la carne y al mundo. A fin de que, estando muerto al
mundo, viva yo solamente para Vos... Y a la hora de mi muerte, recibid mi alma
peregrina y desterrada, que regresa a Vos. Amén.
Oh Dulcísimo Jesucristo, ten Misericordia de nosotros pecadores…
Paternoster, Avemaria
y Gloria Patri.
Décimoquinta oración
¡Oh,
Jesús, Verdadera y Fecunda Vid!
Acordaos de la abundante Efusión de
Sangre, que tan generosamente habéis derramado de Vuestro Sagrado Cuerpo.
Vuestra Preciosa Sangre fue derramada como el jugo de la uva bajo el lagar. De Vuestro Costado perforado por un soldado, con la
lanza, ha brotado Sangre y Agua, hasta no quedar en Vuestro Cuerpo, Gota alguna.
Finalmente, como un Haz de Mirra elevado a lo alto de la Cruz, la muy fina y
delicada Carne Vuestra fue
destrozada; la Substancia de Vuestro
Cuerpo fue marchitada, y
disecada, la Médula
de Vuestros
Huesos.
Por esta Amarga Pasión y por la Efusión de Vuestra Preciosa Sangre, os suplico ¡Oh, Dulcísimo Jesús!, que recibáis mi alma cuando
yo esté sufriendo en la agonía de mi muerte. Amén.
Oh, Dulcísimo
Jesucristo, ten Misericordia de nosotros pecadores…
Paternoster, Avemaria
y Gloria Patri.
Plegaria
final
Que el fin de mi vida os sea de tal suerte loable, que después de mi muerte pueda merecer Vuestro Paraíso, y alabaros para siempre en el Cielo con todos Vuestros Santos. Amén.


